Carmen Escandón
Carmen Escandón

A pesar de que el 8 de marzo se celebra desde hace más de un siglo, a estas alturas pervive aún, desgraciadamente, una parte sustancial de las reivindicaciones originales. Porque la Igualdad, lejos de hacerse efectiva, se nos empieza a antojar -como el pleno empleo- casi una utopía a la que en ningún caso debemos ni podemos renunciar.

Como sindicalista, me gusta seguir llamando a esta jornada Día Internacional de la Mujer Trabajadora porque ¿hay alguna mujer que no lo sea?. Otra cosa es que todas tengamos iguales oportunidades para acceder al empleo fuera del hogar, y que éste sea retribuido en términos de igual salario por trabajo de igual valor, sin brecha salarial de género.

La consecución de la igualdad efectiva para hombres y mujeres pasa por que nosotras abandonemos la zona de confort y asumamos retos y posibilidades de acción, eso que ahora se conoce con el anglicismo “empoderamiento” de la Mujer. Según un reciente estudio, ante una oferta de trabajo, la mujer solo se postula si cumple el 90% de los requisitos, mientras que el hombre considera suficiente para postularse alcanzar el 60% de los mismos. Es necesario además que las mujeres abandonemos nuestros complejos de culpa y exceso de responsabilidad por no tener el don de la ubicuidad. Tenemos que acabar con el techo de cristal y el suelo pegajoso, que impiden que alcancemos el uno y salgamos del otro, como arenas movedizas que no nos dejan avanzar.

Pero también pasa por que ellos reduzcan su insoportable absentismo en el hogar y en las tareas del cuidado, por que asuman de una vez por todas y de forma corresponsable su lugar en la familia. Por que empiecen a vivir sus nuevas masculinidades felices y conscientes de poder disfrutar de los permisos de paternidad que los recortes del Gobierno les han hurtado y que deben tener la misma duración que los de maternidad, y ser personales e intransferibles.

Según el Instituto Nacional de Estadística, la mujer dedica al día 4horas y 29 minutos al trabajo doméstico y cuidado, mientras que el hombre dedica un promedio de 2 horas y 32 minutos. Casi el doble.

No puede ser que de las 50.537 excedencias solicitadas para cuidado familiar en el año 2016, más del 90% lo hayan sido por mujeres ¿Los hijos e hijas no son de los varones también?

El Estado del bienestar es una silla con cuatro patas, y si le quitamos una se acaba viniendo abajo. La trampa está en que nuestro Estado bienestar nació cojo, la cuarta pata nunca se implementó, y en lugar de desarrollar unos servicios sociales para atender con eficiencia las necesidades de la ciudadanía, atender a las personas con capacidades diferentes, a dependientes, etcétera, esta tarea se ha hecho recaer de forma gratuita en las mujeres. El coste que nuestro Estado se ha ahorrado en todas las tareas del cuidado asumidas por nuestras conciudadanas es el saldo que se les adeuda.

La Ley de medidas de protección integral contra la violencia de género cumplió 12 años el pasado diciembre sin que la salvaje realidad del feminicidio se reduzca. De hecho, 2017 con 20 asesinadas a estas alturas, va camino de ser un annus horribilis si no ponemos freno. La iniciativa parlamentaria presentada por el PSOE y que todos los partidos políticos han ratificado tiene que convertirse más pronto que tarde en un Pacto de Estado contra la violencia de género. Aquí no caben esperas ni burocracias procedimentales. Nuestra sociedad no puede amparar por más tiempo el terrorismo machista.

Por otra parte, la Ley Orgánica para la Igualdad efectiva de mujeres y hombres cumplirá 10 años el próximo día 22 marzo, sin que se hayan corregido importantes desequilibrios como la brecha salarial de género, que ronda en nuestro país el 24% y que hace que una mujer deba trabajar al año 84 días más para recibir el mismo salario que un hombre. O que en materia de pensiones la realidad sea aún más dura y que la brecha se sitúe en el 37,95%.

A mayores, los recortes recientemente practicados por el Gobierno en ayudas para la elaboración de planes de igualdad en pequeñas y medianas empresas, para la corrección de la brecha retributiva, o para estudios de género en las universidades, lejos de mejorar la situación, la empeoran considerablemente y solo demuestran la escasa o nula sensibilidad y la cortedad de miras de un Gobierno que utiliza mediáticamente la bandera de la igualdad pero no la practica.

Y como ocurre siempre, en el actual escenario de crisis, de reformas laborales salvajes que se han demostrado ineficaces y absurdas, la igualdad, como la seguridad laboral, está siendo, pese a su trascendencia, un asunto postergado. Las políticas que se han adoptado han afectado seriamente a las mujeres, que son las grandes perjudicadas. Por ello reivindicamos el papel decisivo de la negociación colectiva para la consecución de medidas de conciliación, planes de igualdad, etc.

Y como quiera que la igualdad no es un capricho sino un derecho, más aún, una obligación jurídicamente exigible, la Unión General de Trabajadores perseverará en la lucha contra cualquier forma de discriminación y violencia contra las mujeres, en la certeza de que algún día cercano (confiamos en que los augurios de la Unión Europea, de que habrá que esperar 70 años más para la plena igualdad fallen) nuestra sociedad aprovechará por su bien el cien por cien del talento.

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